La reforma de la Ortografía: ¿Lengua o geopolítica?

En este mes de noviembre uno de los asuntos que más debate ha suscitado ha sido el de la reforma de la Ortografía de la Real Academia Española. Quizá lo más destacable del tema es que ha conseguido movilizar a los hispanohablantes, sea a favor o en contra.

Hoy he podido leer un artículo del New York Times en el que, entre otras cosas, se afirma que la RAE es una institución desfasada, sin ningún tipo de argumento. Además, se ofrece solo la perspectiva que está en contra de la reforma. Esto lo podemos observar si contamos el número de veces que aparece la palabra “mexican” al lado de la mayoría de expertos que opinan sobre el tema. Es como si sobre el conflicto palestino-israelí únicamente hubiese testimonios del bando judío.

En cualquier caso, más allá de su atino o desatino, el artículo del periódico norteamericano me ha hecho reflexionar. En primer lugar, las medidas aprobadas por la reforma (adiós a la “ch” y a la “ll”, a la tilde de “truhán”, “guión” o “sólo” o las nuevas designaciones de “y”, “b” o “v”, entre otras) pasan a un segundo plano porque son decisiones que vienen desde España. “¿Qué tiene que ver España en cómo hablan en Argentina, Colombia o Perú?” dicen muchos. La RAE se justifica diciendo que hay que darle cohesión a la lengua, pero quizá la reforma no debería haberse anunciado hasta que se hubiese aprobado, es decir, hasta hoy mismo, que es cuando las 22 academias de todos los países de habla hispana se han reunido en Guadalajara (México) para debatirlo. De esta manera, el problema derivado de lo que se considera una “imposición de España” no habría surgido tan claramente.

En segundo lugar, las medidas se refieren a la escritura, no al habla. Por esta razón, si la gran mayoría de los que utilizamos el español como lengua no estamos de acuerdo con ellas y no las usamos en nuestra vida diaria, no tendrán validez práctica. Algo parecido sucedió con la “y” cuando la RAE se empeñó en nombrarla como “ye” y no como “i griega”, que era como la mayoría de la población la designaba. Al final, la Academia tuvo que ceder y acabó admitiendo “i griega” como animal de compañía. Viendo algunas campañas en contra, como por ejemplo la de “Contra la reforma ortográfica de la RAE está en Facebook”, es posible que suceda esta vez algo parecido.

Por último, y para comentar algo sobre las medidas propuestas, no creo que sean tan revolucionarias. Por ejemplo, la caida de “ch” y de “ll” del abecedario, que mencionaba New York Times en el citado artículo como una especie de incordio por el reordenamiento alfabético -Chávez ahora tendría un orden distinto porque la “ch” iba después de la “c”-. ¿De verdad es eso tan traumático?

Habría que reflexionar más sobre la utilidad de la reforma, que, al fin y al cabo es lo que cuenta. Olvidémonos de geopolítica y centrémonos en la lengua.

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